domingo, 23 de junio de 2013

La enfermedad romántica

La tuberculosis es considerada una de las primeras enfermedades humanas de las que se tiene constancia. Consunción, tisis, mal del rey o peste blanca, son algunos de los nombres con los que se ha conocido a la tuberculosis a través de los siglos. Pero es durante la Revolución Industrial (hacinamiento, pobreza, jornadas de trabajo interminables, viviendas en condiciones de humedad y ventilación muy propicias a la propagación de gérmenes) cuando la bacteria ataca con mayor brusquedad y aniquila a la cuarta parte de la sociedad europea.



La tuberculosis fue bautizada durante este periodo como la “Peste blanca”. El ideal de belleza romántica lleva a muchas mujeres del siglo XIX a seguir estrictas dietas de vinagre y agua, con objeto de provocarse anemias que empalidezcan su piel y les haga tener un aspecto lánguido y ojeroso. El romanticismo, que nace del desencanto con la nueva sociedad burguesa que no ha cumplido las promesas de la Revolución francesa, propone un rechazo hacia la sociedad. El aspecto casi fantasmal del enfermo de tuberculosis representa ese rechazo.

Cruz de Lorena, símbolo internacional de la lucha contra la tuberculosis.

Se mitifica la enfermedad e incluso se propaga la creencia de que su padecimiento provoca enajenaciones de creatividad y euforia, más intensas a medida que la enfermedad avanza, hasta el punto de producirse una fase final de creatividad y belleza supremas justo antes de la muerte. Por otra parte muchos jóvenes de buena posición coinciden en las casas de curación, adelantando una forma de vida ociosa y elitista que favorece la creatividad y que aleja a los artistas aún más de toda responsabilidad familiar o social.


Pero los avances se suceden rápidamente y en 1869 se demuestra que puede contagiarse la enfermedad. La tuberculosis se marginaliza a medida que se evidencia su carácter contagioso. En 1882 Robert Koch descubre el agente infeccioso que la provoca. Comienzan a proliferar los sanatorios para tuberculosos, mejorando su pronóstico y comenzando a cortar la cadena de transmisión. En 1895 Wilhelm Röntgen descubre los rayos X, lo que permite diagnosticar y seguir la evolución de la enfermedad, y aunque faltan casi cincuenta años para el hallazgo de un tratamiento farmacológico eficaz, la incidencia y mortalidad comienzan a caer.

La Miseria, de Cristóbal Rojas (1886). El autor, aquejado de tuberculosis, refleja el aspecto social de la enfermedad, y su relación con las condiciones de vida durante los últimos años del siglo XIX.

Los avances en el conocimiento de la tuberculosis (su agente causante, el mecanismo de transmisión, los primeros estudios epidemiológicos que demuestran su menor incidencia en determinados climas) van determinando la aparición de unas instituciones peculiares denominadas genéricamente sanatorios para tuberculosos, situadas en regiones climatológicas favorables a la curación de esta patología. Su objetivo es aislar a los pacientes rompiendo la cadena de transmisión de la enfermedad, y ofrecer un ambiente de clima, reposo y dieta adecuados a estos pacientes. La ubicación de estos sanatorios solía estar a varios cientos de metros del nivel del mar, lejos del bullicio y la contaminación de la ciudad, donde el aire era puro y frio.

La terapia consistía en reposo absoluto. Las cuidadoras les enseñaban a respirar mientras tomaban el sol, tumbados en camillas dispuestas en largas terrazas. Lo más sorprendente de la terapia es que les hacían dormir con las ventanas abiertas a pesar del frío de las montañas.

Hermann Brehmer construye en 1854 el que es considerado el primer sanatorio antituberculoso en Görbersdorf, Silesia, a 650 metros sobre el nivel del mar.

Su máxima extensión tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XIX y en los inicios del siglo XX, dando nombre a una etapa de la Medicina moderna: la era del movimiento sanatorial.

En España el número de sanatorios construidos asciende considerablemente después de la Guerra Civil. La pobreza y las malas condiciones en las que se queda el país favorecen la extensión de la enfermedad. A finales de 1936 se crea el Patronato Nacional Antituberculoso que construyó (o adquirió) numerosos sanatorios durante las siguientes décadas.

Sanatorio antituberculoso de Sierra Espuña, Murcia. Albergó a enfermos de tuberculosis entre 1917 y 1962.

Durante las décadas de 1960 y 1970 estos lugares se fueron abandonando progresivamente. Los avances médicos contra la enfermedad y las numerosas medidas profilácticas contra su propagación, convirtieron estos lugares en edificios fantasmales.

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